martes, 12 de marzo de 2019

PROSA II



Cuando era pequeña, vivía con mis padres en Usera. En la casita en la que mis abuelos fueron familia. Aunque casi no lo recuerdo.

Yo solía caminar agarrada al dedo meñique de mi padre, jugaba a deslizarme por sus piernas como si fueran un tobogán y solía pensar que era un medio gigante, así explicaba su mal humor y su tamaño. Aún hoy suelo pensar que tiene sangre inmortal. Sería imposible estar vivo sin tenerla.

Recuerdo que por aquel entonces tenía una litera y todos mis juguetes estaban debajo. Mi favorito era una lavadora con pequeñas prendas de gomaespuma. A veces tiraba las sábanas de la cama para crear una cueva secreta donde jugar sola. 

A lavar la ropa.

Mi padre nunca me ha presentado a una novia. El otro día me dijo que si de verdad quiere a una mujer no podría hacerle esa putada. 

Chispa tiene, el condenao.

Hoy he planchado trece pantalones, veinte faldas y ocho vestidos en la tienda, y mientras lo hacía, me he acordado de la pequeña lavadora de juguete.

Lo llevo en la sangre:

Tengo sangre inmortal.

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